Las Memorias del |
Gracias al progreso... creció la colonia. Lo
anteriormente narrado no quiere decir que todo lo que ocurría en la colonia
era de carácter trágico, debido a que también se
produjeron algunos sucesos a través de los cuales comienza a nacer muestro
pueblo, ubicado donde ahora está la toma de agua
potable. Los cambios se generaban rápidamente frente a
nuestros ojos y producían en nuestro interior una sensación de temor y
alegría, ya que comprendíamos el valor que contenía cada uno de ellos.
Nos causó mucho alivio el saber que desde el Puerto Zapallar hasta El
Zapallar, podíamos movilizarnos mediante el transporte de colectivo del Sr.
Marino Giroldi. Era una posibilidad para Sin embargo, la presencia de nuevos rostros deambulando por el paraje, era la principal causa de múltiples intrigas en los vecinos. Como cuando llegó una persona que identificaban como "Puí de plata", que con picardía y malicia contaba sus andanzas, hurtos y diversiones mientras vivió en El Zapallar. Fue entonces cuando la policía de dicho lugar debió liberarlo por falta de pruebas, anécdota que narraba alegremente, pues los agentes, a pesar de haberlo revisado, no encontraron ni un peso de lo robado, él lo había escondido en sus viejas alpargatas. De ese modo logró engañar a quienes lo perseguían, transformándose en el famoso "pie de plata". Como él, tantos otros se acercaron, se alejaron o se afincaron en la zona, aunque sus objetivos eran muy diferentes a los que, años atrás, nos indujeron a ubicarnos aquí. A pesar de todo, la ribera del Bermejo se iba transformado en una zona urbana. Una solitaria calle polvorienta, siguiendo zigzagueante la costa, se cubría en ambos lados de distanciados ranchitos que modificaban la visión del paraje. Entre el rancherío se encontraba la pequeña farmacia de Melendez, como también el médico cirujano, el doctor Ladislao Mrozowsky, quien desempeñó su profesión enfrentando las incomodidades, la escasez de recursos, de medicamentos y de comunicación veloz para resolver los casos de urgencia. No obstante, recogía con satisfacción nuestro humilde reconocimiento por su labor pionera y solidaria. Después trabajó con él como enfermero el sr. Juan Vidal, de ese modo su trabajo fue apoyado, pues la salud de la colonia corría por diversos carriles, a veces por peleas, por pestes, vaya uno a saber cuál era la causa, o bien accidentes caseros o rurales. Nunca faltaron para darle bastante trabajo y sobresaltos, ya que tuvo que arreglarse con lo poco que tenía. Se lo veía salir con urgencia, a cualquier hora del día, incluso bajo una tormenta, predispuesto a atender, pues nunca se negó poniendo una excusa o posible impedimento. Allí donde fuera, él estaba, dando una mano solidaria y de aliento al enfermo. A medida que el tiempo transcurría, se sentía con más rigor la sequía que envolvía a toda esta parte del país, se comentaba que también la región chaqueña era afectada sin piedad. A causa del agobiante calor, la falta de agua, la escasez de condiciones adecuadas para cultivar, muchos hacendados y colonos comenzamos a alarmarnos. Graves perjuicios ocasionó esta situación al campo. La sequía transformaba los montes en un enmarañado conjunto de ramas resecas, cubiertas de polvo que el viento norte levantaba. Los extensos pastizales amarillentos se inclinaban ante las ráfagas del viento. Para cualquier ser viviente, resultaba insoportable permanecer muchas horas a la intemperie. Muchos fueron los casos de insolación que se produjeron. Fue un año cargado de obstáculos. Mucho sufrimiento se tuvo que soportar hasta que por fin volvió a llover, aunque no fue suficiente, ese año las plantitas crecieron desparejas y en manchones ralos. Sin embargo, lo peor todavía no nos había sucedido. Así, inesperadamente aparecieron esos insectos que eran una plaga porque devoraban cuanto se hallaba a su paso. Llegaron las langostas que parecían nubes densas, algunas verdes y otras marrones. Se posaban sobre el sembradío, consumiendo aceleradamente las hojas y los cogollos de las plantas. Sólo quedaban ramas trozadas y palitos raídos en las plantas. Con este intrincado transcurrir del tiempo, sobreponiéndonos a las adversidades y trabajando con constancia y tesón se vislumbraban pálidamente cambios positivos para nuestra ajetreada suerte. Así, tuvimos la presencia de funcionarios y agrimensores pertenecientes a la Oficina de Tierras Fiscales del Territorio Nacional de Formosa, quienes fueron enviados para que recorran esta zona, observen y determinen nuestra realidad. De ese modo podrían corroborar los datos existentes en los archivos o modificarlos ya que la mayoría de los campos estaban ocupados por agricultores y no por hacendados. Además ya se estaba constituyendo un pequeño poblado formado por un reducido número de ranchitos en el km 193 N.R.B. Dichos funcionarios comprendieron recién nuestros anteriores pedidos. A través de varias horas de trabajo realizando agotadoras jornadas de visitas en los lugares concretos, midiendo, registrando datos, observando, recorriendo a pie o bien a caballo, trasladando sus equipos realizaban el conocimiento del terreno. Después se dedicaban a elaborar el dibujo de los planos, donde asentaban los datos recopilados. La labor no era fácil porque no contaban con comodidades para realizar el trabajo. Por eso se les cedió un ranchito, con catre, mesa y silla y aprovechaban la luz del día, porque de noche sólo había velas y candiles. Los agrimensores determinaron de esta manera la mensura de la colonia, denominando Sección 1 al km 213 N.R.B., Sección 2 al Km 193 N.R.B. y Sección 3 lo que conocemos como El Alba. De ese modo, vimos cómo las mensuras quedaron registradas en los planos que los funcionarios realizaron de toda la región. A cada uno de los colonos nos entregaron pequeños planos que correspondían a nuestras chacras. De esta forma dispusieron tentativamente las parcelas de 50 has. para que cada uno de los habitantes del lugar pudiera acceder en el futuro a su propiedad. Sin embargo, a pesar del importante logro adquirido, al recorrer los sembradíos durante el agresivo verano y contemplar como apenas crecían los algodonales, debido a la escasez de agua, seguíamos muy preocupados por nuestro futuro inmediato. Una gran merma se vislumbraba en la recolección diaria que cada colono realizaba en su chacra, no era el mismo movimiento del que casi nos acostumbramos a convivir en años anteriores. Todo era muy tranquilo, aplacado y sin mucha circulación de dinero. Por ello preveíamos un penoso transcurrir de los meses, con dificultades económicas. Ante esta situación tan crítica, la empresa Farias y Cía. vendió sus galpones a la firma Andersson Claygthon S.A., quienes serían los acopiadores en las próximas cosechas. A estos ingratos sucesos, se sumó otro que nos dejó perplejos y anonadados; nos enteramos lo ocurrido en la estancia del turco Heleno Richieri, ubicada en el km 142. Como él tenía ganado, siempre ordenaba a sus peones que recorran los campos y controlen la hacienda. El hacendado acostumbraba realizar esta tarea y los malvivientes conocían este movimiento. Lo cierto es que el personal al regresar al rancho para informarle las novedades, tuvo una desagradable sorpresa, el patrón yacía en el suelo muerto entre el desorden de la casa. Asustados, dieron parte a la policía. Después de investigar, esta explicó que todo indicaba que eran dos los delincuentes, que se trataba de un asalto y que por lo observado, el turco había luchado y defendido su vida y sus pertenencias. Dichos individuos, aparentemente desconocidos, se llevaron lo que encontraron a su alcance y se dieron a la fuga. No obstante, otras versiones circulaban de boca en boca, muy diferentes a las declaraciones oficiales, que nos hacían dudar y desconfiar de las justificaciones dadas por las autoridades. Sin embargo, con el tiempo este episodio se perdió en el olvido. A la luz de todo lo acontecido ansiábamos otra perspectiva, otros resultados, otros indicios que nos estimularan a creer en el futuro. La tierra arada y rastrillada parecía rogar a la naturaleza que la abrace con su buenaventura.
Con trabajo constante y con ritmo acelerado la construcción se terminó, quedando preparado para dar inicio a las actividades cuando la cosecha se pusiera en marcha, aunque aún estabámos a mediado a año. Dentro del personal se hallaban: como encargado general, el sr. Alberto Pérez, que era agrónomo, Claudio Acosta que atendía las balanzas, Rogelio Prelzel que se desempeñaba como maquinista y como empleados José Canepa, Oreste Pascualón como chofer y Miguel Decker como peón. En ese interín, desde Colonia Benítez llegó un grupo de integrantes del INTA de dicha localidad, movidos por las informaciones recibidas sobre la zona. Por tal motivo, se creó la Chacra Experimental ubicada al lado de la Desmotadora Oficial. El objetivo primordial de la misma era mejorar la producción algodonera apoyando al colono y a la Desmotadora Oficial. Así mismo, los agricultores aprovechamos su presencia para plantearles los perjuicios que las langostas nos causaban y escuchábamos las sugerencias que ellos nos daban sobre nuestras inquietudes, las pautas y cuidados que debíamos tener sobre el algodón desde que preparábamos el suelo. Cabe recordar que muchos colonos eran gringos y como no hacía mucho tiempo de su llegada al país, hablaban a medias el castellano, pero se hacían entender. Sin embargo, eran muy conocedores de las tareas del campo, de los cultivos y de cómo elaborar productos caseros. Se podía apreciar la basta experiencia que habían adquirido en sus naciones de origen. Al aproximarse el verano, pudimos notar que la providencia no se había apartado de nosotros, ese 1939, volvía a ser como aquellos en que los carros, volantas y sulkys hacían profundizar las polvorientas huellas. Todos trasladábamos el algodón a los acopiadores o a la Desmotadora. Cuando vendíamos a la desmotadora, el encargado colocaba a cada bolsa un número fijo con el que reconocía al vendedor, luego pesaba cada una, poniéndole el peso, el nombre y el apellido del colono; luego registraba todos los datos en boletas que enviaban a la casa central de Bs. As. Cuando regresaban venían adosado otras que detallaban la cantidad de fibra, de semilla extraída, el tipo de algodón y al final aparecía el importe a cobrar. Así nos presentábamos al funcionario de contaduría, quien nos abonaba en efectivo. En este vaivén de cambios, llegó el Sr. Eduardo Kunz, que venía de la
provincia de Córdoba.
El horario del servicio iba desde la mañana temprano hasta la caída del sol. Por supuesto que fue muy utilizado por la gran comodidad que representaba y porque también significó un paso más de progreso en este pequeño lugar formoseño. Hasta entonces Giroldi realizaba el trayecto El Zapallar-Puerto Zapallar con su colectivo, pero con la presencia de la balsa, decidió ampliar el recorrido pasando por aquí, hasta el km 213, dos veces por semana, con su vehículo modelo 1935. Con todos los inconvenientes y dificultades que la travesía ocasionaba, la comunicación entre colonias se volvía más frecuente, modificando la mentalidad rural. Era lindo ver pasar "el colectivo", a veces vacío, otras lleno de gente, guiado por el chofer, que de tantos viajes, conocía el sinuoso camino entre chacras y montes. Así, entre nubes de tierra, el sonido del motor y los alegres bocinazos se perdía a lo lejos la pintoresca silueta del coche, bamboleando los bultos y cachivaches del porta-equipaje ubicado sobre el techo. Ese año hubieron otros matices importantes. Mientras el mes de diciembre transcurría caluroso y polvoriento, se habilitó una Estafeta Postal, siendo su primer encargado don Silvio Alderete, quien atendió el servicio con la condición Ad-honoren, en su domicilio. La tarea no era sencilla ni cómoda para este solidario hombre, porque no sólo era una gran responsabilidad que tenía que afrontar, sino también, un gran esfuerzo para sobrellevarlo con su despensa. Aunque el año 1940 empezó aparentemente normal, se traía oculto, un hecho peculiar que difícilmente podríamos borrarlo de nuestras memorias. Aunque la temporada de cosecha se iniciaba bien, no todos teníamos los cultivos a punto. Por eso, los que podían se dedicaban a recolectar, mientras los que no, comenzábamos a inquietarnos. ¿Por qué? Lentamente los días se volvieron grises, el cielo se había vestido con nubes oscuras y una lluvia intermitente, como un llanto nos cubrió. Se podía presentir que algo no muy halagüeño se venía. Las primeras lloviznas se transformaron en tormentas copiosas y constantes. Parecía que nunca acabaría de llover.
Campos bajo agua... No sólo porque las lluvias los cubrieron, sino porque nuestro río, el Bermejo, también había crecido y su cauce le quedaba chico. él también buscó los sembrados para extender su cuerpo líquido y oscuro. Para los pobladores fue la mayor inundación
Pero no nos quedamos con los brazos cruzados. Debíamos hacer algo, enfrentarnos con la naturaleza, desafiarla. Por ello tratamos de canalizar, hacer desagües en las chacras, orientados hacia el río, a pesar de que no contábamos con las herramientas adecuadas. Para tal efecto empleamos palas de mano y la fuerza de nuestros brazos. Con el asesoramiento y ayuda del Sr. Ulises Tarantini, pudimos precisar los lugares adecuados y fundamentales para la canalización. Decidimos primero profundizar el desagüe ubicado a 1km al este del puerto y después, otro a 1km al oeste, aunque allí tuvimos que hacer un precario puente, que consistió en dos tablones atravesados longitudinalmente sobre la zanja porque pasaba el camino que iba al km 213. El Sr. Tarantini, funcionario de la Junta Nacional de Granos, era técnico agrónomo y siempre compartía sus conocimientos pero también aprendía a la par nuestra a vivir en lo inhóspito, con humildad y entereza. Era sencillo y solidario, no le temía al trabajo y siempre se ofrecía para dar una mano. Por eso emprendimos esta urgente y dura tarea. Al concluir los canales daba gusto ver como el agua buscaba el declive del terreno y corría hacia el cauce del río, que también había bajado. Fue un trabajo duro, fatigoso y lento, pero la voluntad siempre pesó más y ella alimentaba nuestra fe y esperanza de continuar con la lucha. No fue fácil salir de esta etapa de inundación. Iniciar todo otra vez, nos resultaba costoso, pero el espíritu labriego no se dejó doblegar y nos estimuló a continuar sin desvelo. Los días fríos de invierno se escapaban silenciosos y calmos, cuando apareció un pequeño barco de vapor en el que se movilizaba el Ing. Canova con otras personas, enviados por la Comisión Nacional del Bermejo, para realizar las investigaciones necesarias sobre dicho río y determinar el lugar apropiado para la construcción de un puente que uniera los territorios nacionales de Chaco y Formosa. Efectuaron interminables observaciones a lo largo de ambas costas del río para conocerlo y constatar los datos que ya poseían. Conversaban con los lugareños, ya que para ellos el río no tenía secretos. Realizaron los análisis del suelo, su composición y las posibilidades de estabilidad en diferentes puntos de la ribera. Primero centraron su trabajo en la zona del puerto, donde la balsa y las canoas circulaban. Tomaban medidas de la profundidad del canal, la velocidad de la corriente, las características del terreno; colocaban pilotes de 18 metros de profundidad en ambas riberas, ya que traían un equipo compuesto por barrenos y máquinas adecuadas para perforaciones. Con fidelidad iban detallando y registrando todos los datos recogidos. Como el lugar les pareció poco favorable, se trasladaron hacia el este, aproximadamente a 3 km del puerto, donde ahora está el puente y repitieron los procedimientos anteriores. Al concluir la minuciosa tarea, se marcharon fugazmente. Nosotros quedamos con la ilusión de que pronto se construiría el puente. Todos estábamos muy felices y demasiados entusiasmados pues pensábamos que en pocos meses se haría realidad. Sin embargo, tuvimos que esperar 10 años para que comenzaran a construirlo. La vida seguía su curso. Cada uno continuaba abocado a su labor, que a veces era normal y pasiva; en cambio otras era difícil y angustiante. Por ello, a causa de las múltiples dificultades que tuvo que sortear y más aún, por la gran responsabilidad que caía sobre su persona, el Sr. Alderete, presentó su renuncia como encargado de la Estafeta postal el 30 de Setiembre. En consecuencia, vino el Inspector de Correos y Telecomunicaciones, el Sr. Taxinare; quién al informarse de todas las peripecias y exigencias soportadas por el encargado, que trabajó gratuitamente durante diez meses, aceptó la determinación tomada. El funcionario debía designar rápidamente a otra persona para que el servicio continuara; por eso se acercó a mi casa y me ofreció dicho cargo, informándome que sería Ad-honoren y que debía atenderlo en mi domicilio. Entonces, asumí el 1 de Octubre de 1940 sin saber todo lo que realmente encerraba el trabajo. A medida que los días pasaban, aprendía el oficio y descubría que no era sencillo. Cuando los barcos del Ministerio llegaban al puerto, ya sea a las 10 de la mañana, a las 3 de la tarde o las 11 de la noche, así lloviera, hubiera tormentas o cayeran heladas, ahí estaba y por supuesto también yo, para retirar personalmente el envío, que podía ser una encomienda, correspondencia o bultos. En mi domicilio registraba todo lo recibido en planillas de entrada y las sellaba. Más tarde se distribuía a los destinatarios o bien ellos se acercaban a buscarlos. Los envíos también se registraban en las planillas correspondientes, se sellaban, se embolsaban y cada siete días se despachaban por medio de los vapores. En estos tiempos sobrevino la separación con mi mujer. Generalmente me sentía cansado y abatido, pues el destino me había hecho pasar malos momentos. Después de haber hecho frente a cada una de las discusiones que nos distanciaban más y más y soportando la presión de los recuerdos de las horas de dicha vividas, decidimos separarnos. Fue entonces cuando nuestras vidas tomaron rumbos diferentes. Ella se marchó llevándose todo, mientras yo quedé aquí completamente solo, sintiendo a mí alrededor una profunda soledad que oprimía mi corazón. Todo sucedía de manera rutinaria. De este modo los meses avanzaron. Las heridas fueron cicatrizándose con mucha dificultad. El dolor fue apagándose lentamente. Otra vez mi mente se fue aclarando y volví a ver a los viejos conocidos, escuché sus consejos y palabras de aliento. Nuevamente participé de las reuniones vecinales e hice mías las preocupaciones comunitarias del momento. Así surgió la idea de elaborar una nota dirigida al Presidente de la Nación, Sr. Roberto Ortíz, porque no queríamos que el estudio realizado por los técnicos en el río Bermejo, quedara dormido en algún cajón de escritorio. Creíamos en la sensibilidad de las autoridades nacionales. Pero qué ilusos fuimos. Nunca recibimos contestación alguna. Como siempre, los vecinos nos juntábamos para matear, para escuchar ideas y compartir opiniones sobre la cosecha, los animales y el comercio. Así, todas las propuestas se gestaron y germinaron entre la mayoría de los lugareños, como la nota que se envió al Gobernador del Territorio de Formosa, pidiéndole su intervención para que este sitio sea tomado en cuenta, a fin de que se produjera la mensura de los solares, la creación de una escuela primaria, pues había muchos niños de edad escolar y jóvenes que merecían ser instruidos. Principalmente queríamos lograr seguridad y estabilidad sabiendo que las mejoras efectuadas, nos beneficiarían, ya que todos los campos continuaban a nombre de los antiguos arrendatarios, aunque la realidad era diferente. Fue un intento más, pues lo último que perderíamos serían nuestras fuerzas y esperanzas por conseguir nuestros propósitos. Así llegamos al año 1941 cuando Vialidad Nacional comenzó el duro trabajo del desmonte con el fin de construir el camino que uniría Misión Laishí con el km 193. También desde El Zapallar levantaban el terraplén hacia el puerto del mismo nombre. Según los comentarios las obras se hacían porque querían unir Resistencia y Formosa con una vía terrestre, ya que hasta entonces el único medio era el fluvial a través de los barcos que recorrían desde Buenos Aires hasta Asunción (Paraguay), pasando los jueves y domingos. Los trabajadores de Vialidad Nacional avanzaban por el camino hecho por el tránsito de los colonos, construyendo el terraplén de lo que sería la ruta 90. Era un duro trabajo porque solo contaban con hachas y palas para tal actividad. Al terraplén lo levantaron con palas de mano y carretillas o bien con palas tiradas por bueyes. El recorrido progresaba con lentitud y sacrificio, dejando atrás Misión Laishí, Presidente Yrigoyen, Colonia Villafañe, para internarse por el enmarañado monte, pasando por Santa Marina, Las Cañitas, reforzando el puente de madera ubicado sobre el riacho Bellaco. Así la huella ondulante llegaba al km 193 bordeando algunas chacras para atravesar nuestra colonia hasta el puerto. Ella permitió nuestra comunicación con la ciudad de Formosa. Cabe mencionar que muchos colonos del lugar, contribuyeron con la construcción, porque demandaba gran cantidad de mano de obra. Al finalizar el año 1941 recibí la comunicación de la Dirección General de Correos y Telégrafos que a partir de enero del año 1942 pasaría a formar parte efectiva de la repartición cobrando $15 como sueldo por el servicio de Estafeta postal. Certificación de servicios en la Estafeta Postal. Esto fue un aliciente, porque todo el trabajo desplegado durante más de un año era reconocido y valorado por las autoridades nacionales. Entonces, comencé a levantar las paredes de la futura oficina de correos, ubicada en diagonal a mi casa, bien frente al domicilio de doña "Upa". Así en los ratos que tenía libre me entretenía con la albañilería, podía utilizar ladrillos porque ya se fabricaban y vendían aquí, pero la mezcla seguía siendo de barro, pues no había materiales de construcción.
Todos nos sentíamos reconfortados pues podíamos efectuar viajes a distintos
puntos de Formosa y del Chaco, y de allí al resto del país. Los colectivos
tenían capacidad para 28 personas sentadas y las valijas o demás bultos se
ubicaban en el portaequipaje, que estaba sobre el techo. Después de tan
ajetreado viaje se llegaba a destino totalmente
cubierto de polvo, sudorosos y agobiados por el calor y los mosquitos. Los
kilómetros se hacían interminables, porque el camino sinuoso era accidentado,
en partes lleno de pozos y en otras cubiertos por abultados colchones de
tierra suelta y arenosa. Así, entre el torbellino de polvo y de cansancio, se
llegaba a destino; eso sí, había que tener paciencia, porque durante el
trayecto el conductor se detenía para recoger a los
pasajeros que se hallaban al costado del camino o sino porque algún percance
lo sorprendía, ya sea una goma pinchada, el radiador roto o porque el motor
Al poco tiempo la empresa de colectivos del
Sr.
Marino Giroldi, amplió su recorrido, siendo otra alternativa para trasladarnos
a Formosa. Para ambas empresas este era un punto imposible de eludir y antes
de cruzar el río, infaliblemente se detenían en la
fonda de Frías. El lugar era el centro de reuniones, tanto para los viajeros como para los
lugareños. Generalmente mucha gente frecuentaba, pues ofrecían el almuerzo, la
cena, bebidas frescas o bien se podían estirar las
piernas antes de continuar.
Así, con mis visitas diarias a la fonda, descubrí que una jovencita había comenzado a trabajar allí. Sin embargo, verla no me resultaba sencillo; entonces, no le sacaba la mirada cuando la ocasión se presentaba, porque ella no decía ni una palabra ni se detenía ni un momento de tan desconfiada que era. Quizás por eso me atraía tanto. Su presencia siempre era fugaz, pues velozmente se perdía detrás de la puerta que daba a la cocina, como una diminuta ardilla. No obstante me amañaba para que alguna conocida me diese noticias sobre ella, pero no hallaba la forma de que aceptara un encuentro o una salida. Esto me tenía preocupado, pero optimista, ya que presentía que en algún momento la respuesta sería diferente. A pesar que el tiempo fue transcurriendo, mi situación seguía de la misma manera, pero para la comunidad sucedió otro acontecimiento. De forma inesperada recibimos a los funcionarios de la Dirección de Tierras del Territorio de Formosa. Venían a concretar el pedido que se había formulado con una nota elaborada y firmada por los vecinos. ¡¡¡Increíble!!! Ahí estaban dispuestos a efectuar los trabajos para dividir en solares y quintas la Sección II. El clima les favorecía totalmente, se los veía con los aparatos, instrumentos y herramientas para realizar el minucioso registro y conocimiento del terreno. También visitaban a los colonos, porque no se trataba de una simple mensura, sino del proyecto del futuro pueblo. En consecuencia cada uno debía tomar conciencia y prepararse para ceder parte de su chacra o toda ella, ya que en esos lugares estarían las manzanas y las distintas calles, que en el plano figurasen. Quizás el entusiasmo fue agigantándose con estos acontecimientos y por eso resurgió el deseo de tener una escuela primaria en el paraje. A nuestro juicio, el número de alumnos era importante, teniendo en cuenta que no sólo ingresarían niños sino también jóvenes que deseaban estudiar. Debido a que el Inspector de zona llegaba hasta el km 213, en una de sus visitas, aceptó venir hasta aquí para ver y constatar la opinión del vecindario. Todas estas circunstancias contribuyeron para que las autoridades del Consejo General de Educación aprobaran el traslado de la Escuela Nacional Nº116 desde Colonia Aquino, atendiendo las reiteradas solicitudes que el director y personal único del establecimiento, Sr. Damedín venía haciendo a causa del constante despoblamiento de la mencionada colonia, pues coincidían con los informes realizados por el Inspector de zona sr. José Mata. Mediante la resolución del C.G.E., expediente Nº5957-F-938, la escuela se trasladó definitivamente al km 193. La noticia nos produjo una gran satisfacción y alegría. Con rapidez nos movilizamos para construir un lugar para que funcionara la nueva escuelita. ¿Dónde?... Al oeste del puerto, a unos 500 m sobre la ribera. Se limpió el terreno donde se levantaría el rancho, después se recolectó la madera necesaria para la estructura y las paredes y las palmas para el techo. Inmediatamente se realizaron los trabajos de construcción. En la casa había dos ambientes, uno para la pieza del maestro y otro para el salón de clase. Día a día, la tarea fue avanzando, recubriéndose las paredes totalmente de barro que después fueron completamente blanqueadas. Así la obra quedó terminada gracias a los recursos que la naturaleza nos brindaba gratuitamente y a la colaboración de los hombres del vecindario que desinteresadamente aportaron el trabajo diario. De lo contrario, nada hubiese ocurrido, ya que el Estado no participó para nada ni envió dinero para los materiales ni para la mano de obra; sólo existió el impulso de la colonia. Pero para matizar la constante monotonía de las largas semanas de labor, en algunos fines de semana se hacían partidos de fútbol, organizaban carreras de caballo o bien preparaban bailes. Como en esta época se hallaban en el paraje la gente de Formosa era conveniente ofrecerles una agradable estancia y a la vez todo el vecindario tenía un placentero momento de distracción y entretenimiento, que contribuía aún más a fortalecer los lazos de amistad y de sociabilidad entre las personas, especialmente en los bailes que eran punto de encuentro de jóvenes y adultos de toda la colonia. Por ello dejar de ir era una verdadera picardía. Aunque a mí no siempre me fue bien porque la joven que atraía mi atención rara vez iba. Por eso, en las ocasiones en que la suerte estaba de mi parte, no dejaba escapar la oportunidad de bailar con ella. Si bien la comunicación era escasa, bastaron para convencerme del sentimiento que nació a partir de aquel día que la descubrí, por eso no descansaría hasta el día que aceptara ser mi pareja, aunque sabía que sería muy difícil. Mientras tanto finalizaba setiembre, entonces arribó a este lugar el Sr. Juan Cruz Damedín, quien continuaría como director y único personal de la Escuela Nº 116, e inmediatamente se instaló en la casa de estaqueo que se había construido. Después colocó el mástil que era un poste alto en cuyos extremos poseía carreteles con un piolín para la bandera, haciendo afirmar nuestra identidad nacional en este aislado punto del país. Al volver a verlo, sentí una gran satisfacción. Al estrechar su mano recordamos aquellos años en la colonia El Zapallar, ya que mis hermanos y yo, siendo chicos, íbamos a caballo hasta la escuelita que quedaba detrás de la chacra de mi padre, a pocas leguas. Allí, en aquel ranchito, el Sr. Damedín era el maestro que nos brindaba la posibilidad de educarnos a los niños y jóvenes de ese lugar, y entre ellos, a mí. Pero esa no fue la única época que compartimos, ya que después, siendo un joven de 18 años, nos encontramos en la ciudad de Resistencia. Ocurrió en una ocasión cuando realizábamos un viaje con mi hermano Juan, con el que hacíamos fletes. En esa oportunidad, nos encontrábamos desayunando en una fonda, cuando apareció sorpresivamente entre la gente, el maestro, como siempre, amable y respetuoso se acercó, nos saludó y compartió la mesa. Gran alegría nos causó volver a verlo, más aún porque todavía nos recordaba como sus alumnos. Parecía increíble que en su mente guardara la imagen de sus pequeños y pobres alumnos. Aquí estábamos nuevamente, frente a frente, conversando en este lugar conocido como el Km 193. Ambos transformados por el paso del tiempo. él, un hombre que iba envejeciendo de la mano de la docencia, llevando su profesión a los lugares más inhóspitos de estos territorios, soportando adversidades, necesidades, inconvenientes, penurias, pero también recogiendo momentos felices, alegrías que fortalecían su espíritu e inolvidables sucesos que reconfortaban cada etapa de su vida. Yo, un adulto que había madurado a fuerzas de las experiencias buenas y malas que en el sinuoso camino de mi vida fui hallando y muy silenciosamente modificaron mi personalidad, la endurecieron en algunos aspectos, la hirieron y la afirmaron en otros. Por eso, intercambiábamos breves charlas cada vez que nos encontrábamos, en algún sitio de este pequeño lugar. Así, en sus salidas fue avisando que el 5 de octubre realizaría las inscripciones para asistir a la escuela en el siguiente año. También se trasladó por la colonia a caballo para motivar a las familias para que hicieran estudiar a sus hijos. En un principio la inscripción alcanzó a 68 alumnos que distribuyó en dos
turnos. Por la mañana funcionó primer grado inferior con 29 niños, primer
grado superior con 3 niños, por la tarde atendía primer
grado inferior con 44 niños, primer grado superior con
6 niños y segundo grado con 4 alumnos.
Se caracterizaba por su gran sencillez y humildad, aunque su presencia inspiraba mucho respeto, sin embargo uno comenzaba a dialogar con él y enseguida se daba cuenta que era una buena persona. Por eso nos sentíamos muy satisfechos al saber que en sus manos estaba la educación de la colonia como así también el crecimiento de de la Escuela Nº 116. Entre tanto un nuevo rumbo tomaba mi vida. Así de improviso y casi repentinamente dio un giro otra vez.
Ella realizaba las tareas de la casa, mientras yo continuaba con los trabajos de la estafeta y con la labor de la chacra. Lentamente aprendimos a vivir juntos, a conocernos, a compartir los buenos y malos momentos y a consolidar el amor que unió misteriosamente nuestros corazones para siempre. Mientras tanto, los días veraniegos seguían acentuando más y más el calor.
El viento norte arremolinaba muy enloquecido la
vegetación, arrastrando hojas, sacudiendo ramas, empujando nubes de polvo.
Pero aunque el clima no era agradable, los empleados de Vialidad Nacional
iniciaron el arreglo del camino que costeaba el Bermejo
y permitía ir al km 213. La angosta y zigzagueante
huella nacía en el puerto, pasaba a pocos metros de las barrancas costeando
casas y chacras. Allí, los trabajos se realizaban manualmente con palas y
carretillas, soportando el castigo de los rayos solares, la sed constante y el
ataque insoportable de los insectos. De esta manera se mejoraría el trayecto
que unía el Km 193 con el km 213 y posteriormente continuaría hasta Pirané,
porque era muy utilizado durante la cosecha. |
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Cada hoja de mis "Memorias" refleja mi vida y el origen de "El Colorado", cuna de mis sueños, de mis éxitos y de mis fracasos; porque como hombre, como ciudadano y como padre siempre traté de ser lo más justo y lo más correcto. Actitudes que no sólo forjaron mi personalidad, sino que constantemente guiaron mi conciencia cada vez que tuve que emprender una acción o tomar una decisión. Sólo deseo que al recorrer cada página, la imaginación recree cada rincón de este entrañable lugar que nos pertenece a cada uno de los habitantes y que es digno de hacerlo progresar día a día con esfuerzo, optimismo y dedicación. Cirilo Luis Pourcel |
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