Las Memorias del |
Mi arribo al Km 193 N.R.B.
Corría el mes de junio de 1934 cuando hablé con mi padre informándole que había decidido radicarme en este lugar, puesto que hasta entonces viví en El Zapallar, lugar donde nací el 26 de julio de 1911. Tenía casi veintitrés años... Miles de ideas giraban en mi mente...
A pocos metros de la costa arenosa, húmeda, se extienden y se levantan las barrancas, de alturas diferentes. Sobre sus paredes se entremezclan los sauces, y las grandes matas de cola de zorro en flor cuyos penachos blancos se entrecruzan formando abanicos gigantes ramos clavados entre las cintas verdes y de bordes muy filosos. La senda que sube empinada, se pierde no muy lejos, entre matorrales, arbustos y yuyales, que cubren la visión a ambos lados. El cielo es azul y transparente como mis deseos. El sol tibio de otoño en este mes de junio, alumbra el paisaje solitario, tentador; insinuante para descubrirlo y casi embriagado por el aroma campestre que el viento sur trae en incansables ráfagas; me gusta, igual que mi impulso de hallar un lugar apropiado para arraigar mi vida a esta tierra y así hacer crecer mi futuro. Ante tanta belleza, con el corazón agitado por la ansiedad de encontrar lo que busco, con el dolor que se siente al saberse ya un hombre, con el significado cabal de la palabra cargándola sobre el hombro de un joven que creció con la rudeza del trabajo, con el sacrificio que la pobreza brinda sin piedad y con el justo valor de la responsabilidad. Aseguré bien la cuerda del caballo, observé las dos yuntas de bueyes y di una mirada al carro. Los animales estaban completamente mojados porque cruzaron nadando, mientras que el carro, el canoero y yo, cruzamos en su balsa improvisada a través de dos canoas y dos tablones atravesados, lo que permitía ubicar adecuadamente la carga (Guía de traslado de hacienda 1934). En silencio y feliz con los regalos que mi padre me ofreció antes de partir, recordando todo lo dejado en la colonia El Zapallar... el hogar, la familia, la niñez compartida con mis hermanos y los vecinos, la adolescencia nunca vivida, porque jamás tuvimos tiempo para pensar en la juventud, sino que cada hora transcurrida la dedicábamos a la labor del campo, al arado, a la carpida, al desmonte, al agotador ingenio en Las Palmas, la cosecha; siempre trabajando a la par de nuestros padres que nos inculcaron claros ejemplos de honestidad y de valor ante la crisis o la enfermedad. Con lentitud, inicié el recorrido, después de 12 km al norte del puesto de los canoeros, internándome en el monte, hallé un terreno alto, cerca del puesto del Sr. Ricardo Aguirre. Como me agradó, empecé a levantar mi primer rancho de madera. No fue nada fácil ni liviano. Mis manos quedaron cubiertas de ampollas de tantos hachazos y mi cuerpo exhausto, después de cada jornada agotadora, ya que todo lo hacia sólo y a pulmón. Cuando al fin techaba con paja y pasto, llegó un agente de policía, personal único del destacamento del Km 213 con la desalentadora noticia que debía abandonar sin más tramite el lugar, pues a los hacendados no les agradaba que me haya apropiado de una parte del campo que a mi criterio no era utilizado. Además, si no me iba, mi vida corría peligro, ya que no eran muy pacientes y todo lo solucionaban con unos cuantos tiros. Ante tan trágica noticia y sin pedir más explicaciones abandoné el rancho a medio construir, cargando mis pertenencias en el carro. Bastante molesto y desalentado, me alejé de allí hacia el oeste, costeando el río Bermejo. Después de 5 Km de marcha, encontré un terreno cercano a un desaguadero. El lugar era bastante apropiado, me agradaba, pero grande fue la sorpresa cuando una persona se acercó, se presentó como un tal Uliambre y me planteó que esas tierras le pertenecían. Decepcionado creí que lo correcto sería regresar a El Zapallar, entonces emprendí el retorno hacia el puesto de los canoeros bordeando el río. El silencio que me embargaba y la palidez de mi semblante llamaron la atención de Saturnino Gómez, primo de Nicasio Uliambre. Este joven de 18 años aún me recordaba, pues tuvimos la oportunidad de conocernos en el Km 75, camino a Las Palmas, senda muy transitada por todos los que tratábamos de conseguir trabajo en el Ingenio azucarero. Así entablamos una sencilla conversación sobre el casual encuentro, el motivo de mi hallazgo en el lugar, mis fracasados intentos de radicarme y la decisión que había tomado. él me comentó lo que hacía y dónde se había establecido, tratando de aplacar mi bronca. Gracias a eso, me animé a solicitarle una fracción del solar que él ocupaba. Gracias a Dios, este buen hombre comprendió mis intenciones y me cedió un espacio de 20 hectáreas del campo fiscal ubicado al oeste del puerto, que con anterioridad él se apoderó, sin tener dificultades con los hacendados. Así, nuevamente empecé a levantar por segunda vez, mi rancho. Para ello debí conseguir las maderas necesarias, para la estructura como para las paredes. Por eso corté varios sauces en el carrizal cercano, bajando por las barrancas. Pero eso no fue todo, pues había que sacarle la corteza y alizar los palos. El trabajo fue arduo y agotador. Los días se iban entre el cansancio, la soledad y la ansiedad por terminar de construir.
Ese otoño fue bastante crudo y me jugó una mala pasada. Todavía no había terminado de techar y una noche el tiempo se preparó. La lluvia comenzó a caer sin pérdida de tiempo y el frío se acentuaba cada vez más. Tratábamos de protegernos, pero el agua se filtraba con cada ráfaga de viento. A pesar del desvelo, el nuevo día fue agradable y muy soleado. Eso me permitió cortar las pajas necesarias y terminar el techo del rancho. Entonces comencé a construir un corral para encerrar los bueyes durante las noches, para evitar que mis animales se alejaran de la chacra o que alguien se los llevara por confusión o por cuatrero, ya que era una maña muy arraigada en las personas del paraje. A los pocos días llegaron nuevos pobladores, uno de ellos, el Señor Frotner, de nacionalidad alemana, de unos cincuenta años de edad y su hija Irma, de aproximadamente quince años; quienes se ubicaron a 2 km de mi casa hacia el norte; seguidamente, cerca de ellos, lo hicieron Fulgencio Aguayo y su hermano. Mientras eso sucedía yo colocaba los postes para el alambrado, así no cruzarían más los animales que andaban sueltos y en el futuro no destruirían mis cultivos. Además la intención también era delimitar las hectáreas que había tomado, evitando de ese modo cualquier inconveniente o malentendido con los vecinos. Pero sin pensarlo ni desearlo, ya se estaban generando. Había sido que el alemán me observaba diariamente a través de un larga vista, controlando mi trabajo que no le agradaba, pues a su criterio sus quinientas hectáreas, incluían las mías. De buenas a primera lo tuve delante mío, mientras realizaba la tarea de alambrar. Se vino con el arado haciendo una raya en la tierra, señalando hasta donde le correspondía de todo este inmenso campo, enfatizando que él se apoderaría de todo el perímetro. Así, le impediría radicarse a cualquier persona que desee colonizar ese lugar. Claro que no pudo. Los pobladores, la mayoría agricultores, necesitaban la tierra para trabajar, para obtener beneficios económicos que les permitieran sobrevivir, sustentar las necesidades de cada integrante de la familia y mejorar la situación sostenida entre la desesperación, la crisis y la angustia. Así fue... aunque don Frotner quiso abarcar las 500 hectáreas, no pudo. La colonización fue más fuerte que él. Su terreno, lentamente, se fue achicando y muchas hechos sucedieron en torno a este hombre, hasta el punto de perder su vida en el año 1936. Unas semanas después de terminar con el alambrado, comencé a preparar la tierra. No era fácil, los pastizales prendidos al suelo daban trabajo quitarlos. Los tuscales impedían realizar la labor con comodidad. Además había que destroncar arbustos y árboles que obstaculizaban el paso del arado. Arduas horas de trabajo destiné a mi chacra. Mi mayor deseo era ver crecer los sembradíos y la huerta. En una de esas tardes que regresé al rancho para descansar y
tomar unos mates con mi señora, nos ocurrió algo inesperado.
Estábamos sentados bajo un árbol cuando dos
individuos pasaban a una distancia de cien metros de la
casa, por el caminito utilizado por todos los lugareños; estos efectuaron dos
disparos que cortaron ramas del árbol. Sin pensar,
instintivamente nos metimos en la pieza tratando de protegernos,
sin saber qué sucedía, qué harían o lo qué pretendían... Pues de haber
querido matarnos, lo hubieran hecho sin errar. Nunca lo supimos. Lo
cierto es que un buen susto nos llevamos.
El trabajo de la tierra
mucho tiempo me quitaba, pero no obstante,
conocí a mis vecinos y los puestos que en la zona había. Gracias a ello
puedo bosquejar, quienes vivían en el Km 193, cuando me
radiqué. Al concluir con la tarea del día, regresaba con el tordillo, un caballo guapo que por las noches lo dejaba comer pasto por los alrededores del rancho mediante una cuerda de cuero atada a una estaca; de ese modo no se alejaba mucho evitando que se perdiera. Sin embargo, una mañana tuve una desagradable sorpresa. Para mi desgracia, durante la noche, un individuo cortó el lazo, llevándose el animal. A causa de ello, me quede a pie, lo que me ocasionó grandes inconvenientes. Lo cierto es que el animal no apareció más. Nadie tenía noticias sobre su paradero y jamás lo hallé. En una de mis búsquedas, caminando me dirigí hacia el este, siguiendo el curso del río, hasta llegar a la casa de don Talentino Capará, quien al enterarse del incidente, me prestó muy gentilmente uno de sus caballos hasta que pudiera comprarme otro. Su gesto solidario nunca lo olvidé, porque este hombre me conocía poco, pero su actitud me demostraba la confianza y la predisposición por tenderme su mano amiga. Entonces comprendí que en este lugar también podía hallar gente buena, amable y dispuesta a ayudar. Esto me permitió afianzar la amistad con los vecinos, que aunque viviendo distanciados uno de otro por varios kilómetros, nunca dejaron de compartir, de ayudar al prójimo, pues el lugar, la época y las circunstancias así lo reclamaban.
Otra posibilidad era, ir a la casa central en puerto Bermejo por barco, tardando 7 días; o bien ir hasta El Zapallar, un pequeño pueblo, siguiendo las huellas a través de los montes, ya sea a caballo, en carro o carreta. Además no contábamos con dinero suficiente, no cosechábamos aún lo sembrado. Sólo juntábamos unos pesitos con changas ocasionales. Por eso nos arreglábamos con los animales domésticos, las verduras de la huerta o con los sustentos que entre los vecinos intercambiábamos generosamente. Todos sabíamos lo difícil y dura que era la vida durante esos primeros meses de radicación. Por eso se compartía, sin egoísmo, lo poco que se tenía. Don Pablo Cristener, encargado de la sucursal mencionada, comprendía nuestra realidad. Frecuentemente me adelantaba algunas cositas que necesitaba, ya sea para comer o para la chacra. Esto se debía a dos razones. La primera, porque me conocía de joven, cuando en El Zapallar, trabajaba en el negocio de mi patrón don Emilio Piñeiro. Y segundo, porque la cosecha de algodón de todos los agricultores asentados en esta zona, recién se realizaría a partir a partir del próximo mes de enero. La provisión de mercaderías era un gran problema, no sólo por falta de dinero, sino también por la creciente, pues se tornaba muy p eligroso y arriesgado pasar el río cuando sus aguas arrastraban todo lo que encontraban a su paso y las barrancas se venían abajo por la correntada. Frente a estos problemas, nacía una solución, al inicio del año 1935 que parecía muy prometedor. Ella venía de la mano de Francisco Cantero y Gastón Scheclinn, quienes enterados de este obstáculo, decidieron establecerse en este paraje y abrir un almacén. Entonces don Nicasio Uliambre, el canoero, le cedió una parte de su terreno y allí levantaron un galpón construido con tablones, de 12 m por 5 m con techo de tejas de palma. Así instalaron el almacén de ramos generales que comenzó a funcionar en el mes de febrero. Esto representó un alivio para nuestras vidas y un indicio más del progreso en este punto formoseño. La alegría nos tocaba a todos, porque la cosecha comenzaba. Era hermoso con templar grandes extensiones blancas. Las familias completas recolectaban su propio cultivo, porque no había braceros para contratar.
Fue entonces cuando decidí viajar a Formosa y solicitar la parcela de tierra que había ocupado y pagar el arrendamiento de cinco hectáreas más, donde realizaba la siembra de algodón. Formosa era apenas un pueblo grande, así que no tuve dificultad para encontrar la oficina de Tierras Fiscales. Me presenté ante un empleado y le expliqué mi situación, la ubicación del terreno y mis intenciones de radicarme. El funcionario me escuchó, observó las carpetas donde constaba que ese lugar fue ocupado con anterioridad por el hacendado Nicolás Barrios y terminó por cuestionarme, el por qué de mi atrevimiento por usurpar y tomar el terreno ajeno, en un tono bastante agresivo. Jamás se cruzó en mi cabeza, una situación de esa naturaleza... Muy dolido, comencé a explicarle, mi viaje, que no fue para nada sencillo, desde el Km 193 hasta Pirané a caballo. De ahí, tomé el tren que me condujo hasta la capital, para gestionar todos los trámites necesarios para conseguir estas tierras y seguir cultivando y haciendo mejoras en el terreno. Además a partir de 1935, se produjo una invasión de colonos, quienes se asentaron desde Campo Hardy, hasta los límites del del campo del turco Richieri. Todos con la misma intensión, cultivar la tierra, trabajar para ganar el sustento y alimentar a su familia. Sin embargo, estas explicaciones no fueron suficientes, ni satisfactorias para el funcionario que se negó a buscar una solución al problema. Desilusionado, porque nada resultó como yo deseaba, regresé a mi rancho donde me esperaba mi mujer. Tanto la ida como el regreso fueron muy duras, el lento andar del tren y las largas horas a caballo por senderos en el monte y los pastizales. Al llegar al rancho me sentí gratificado al ver todo lo que hasta ese momento logramos con el trabajo mutuo y aunque no poseíamos papeles, nos sentíamos felices y afortunados de habernos establecidos en este lugar. A medida que los días iban pasando, nuevos colonos llegaban a este lugar. Las noticias sobre la zona y sus condiciones agrícolas habían cruzado el Bermejo. Algunas personas con sus familias, movidas por los comentarios y las necesidades, que la miseria hacia pasar, se acercaron y asentaron en diferentes sitios, aumentando la naciente colonia. Así comenzó a dar un giro la actividad primordial, que al principio fue la ganadería, ahora, se tornaba esencialmente agrícola. Todos centraban sus esfuerzos en torno al cultivo del algodón, que prometía mayores beneficios económicos. Esto despertó el interés de otras personas acostumbradas a mover sus capitales en operaciones importantes y en los hacendados que tenían espíritu de comerciantes. Ante esta perspectiva el Señor Guillermo Encinas, hacendado cuya estancia estaba en Las Cañitas, hizo construir dos galpones de madera con techo de palmas, sobre la ribera del Bermejo. Así se inició como el primer acopiador de algodón en bruto de la colonia. Al reunir varias toneladas las despachaba en el vapor que prestaba servicio cada diez días, siendo este, del Ministerio de Obras Públicas de la Nación. Al poco tiempo, los representantes de la firma Martín Farías y Cia., construyeron dos galpones de 10 m por 50 m cuyo armazón era de tirantes de pino, revestido y techado con chapas de cinc. Ante nuestros ojos eran imponentes y majestuosos. La calidad de la construcción llamaba la atención a los lugareños.
Seguidamente se establecieron los empresarios de la compañía Bunge y Born, en la ribera del Km 210. Allí hicieron construir galpones de madera y techado con chapas de cinc que serían los lugares destinados para almacenar las bolsas de algodón en bruto. Ante esta situación, que podía ocasionar competencia de mercado y pérdida en las ganancias, los de Farías y C í a. mandaron a construir dos galpones más, con iguales características, en el km 213, de manera que los agricultores pudieran negociar sus cosechas con más comodidad y rapidez. Ese año, recorrer los campos y ver todas las hectáreas sembradas, regocijaban la vista, más aún cuando se cubrían como espesas sábanas blancas. En ellas, los cosecheros se pasaban largas horas recolectando el fruto de su esfuerzo. De ese modo, la cosecha se puso en marcha con un ritmo acelerado. Los cálculos pronosticados por los empresarios estuvieron por debajo de la realidad, puesto que todos los galpones preparados no fueron suficientes para almacenar el algodón recolectado, por eso se formaban altas estibas en la intemperie por falta de espacio.
Los vapores se denominaban Namuncurá Nº119, vapor de dos pisos para carga y pasajeros; Nº114, de igual características que el anterior; el Nº343, el cual traía mercaderías, correspondencia y pasajeros, cuando el río estaba bajo y los otros no podían navegar y el cuarto una lancha remolcador. Generalmente venía el Sr. Subhurth que era el Jefe Comisario de la tripulación. Cabe destacar que los barcos no venían juntos, sino uno en cada recorrido. Hasta el año 1945 contamos este valioso medio de comunicación y transporte. Los barcos se amarraban frente
a los puertos de embarque que
generalmente coincidían con los
galpones de acopio de algodón.
Desde allí y a través de canales
de acopio de algodón. Desde
allí y a través de canales de madera, parecidos a un tobogán, se
impulsaban las bolsas que eran tomadas por los encargados de
ubicarlas en las bodegas. Ellos se
encargaban de acomodar 40 toneladas que era la carga máxima. Era una temporada de gran movilidad. Nos cruzábamos con los carros repletos dirigiéndonos hacia los diferentes galpones de los acopiadores. Los jóvenes y adultos aprovechaban las múltiples changas, ya sea como cosecheros o estibadores. Había bullicio y efervescencia entre los pobladores. El ambiente, cada vez más acucioso, se agitaba con la aproximación de uno de los barcos. Los estridentes bocinazos y el acompasado ruido de los motores advertían su llegada. Sin embargo, la primitiva forma de trasladar las cargas de algodón, también se continuaba empleando, ya que los comerciantes pasaban con sus camioncitos por las chacras. Estos cruzaban sus cargas en canoas al puerto Zapallar, donde los estibadores hombreaban las bolsas, hasta el camión que las llevaría a El Zapallar. A pesar que el trabajo constante generaba la circulación de dinero, se producían algunos robos en la colonia, ya sean animales, alambres o herramientas. Los agricultores muy preocupados y alarmados por los desagradables sucesos solicitamos ayuda al Sr. Guillermo Encinas, quien hacía viajes en su automóvil hasta la capital formoseña. Nuestra intención era conseguir un destacamento de policía en la colonia, que brindara más seguridad, mantuviera el orden e hiciera cumplir las leyes.
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Cada hoja de mis "Memorias" refleja mi vida y el origen de "El Colorado", cuna de mis sueños, de mis éxitos y de mis fracasos; porque como hombre, como ciudadano y como padre siempre traté de ser lo más justo y lo más correcto. Actitudes que no sólo forjaron mi personalidad, sino que constantemente guiaron mi conciencia cada vez que tuve que emprender una acción o tomar una decisión. Sólo deseo que al recorrer cada página, la imaginación recree cada rincón de este entrañable lugar que nos pertenece a cada uno de los habitantes y que es digno de hacerlo progresar día a día con esfuerzo, optimismo y dedicación. Cirilo Luis Pourcel |
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