Las Memorias del |
Así comenzó...En los últimos meses de 1877 y principio de 1878, llega al país una ola de inmigrantes. Fueron numerosas las familias que se radicaron en Buenos Aires, no así las que se dirigieron al interior. Entre los apellidos que figuran están: Piccili, Rabaroto, Alonso, Carrasco, Metañuque, Gabardini, Dellamea, Pegoraro, Colcera, POURCEL, y otros que se escapan de mi memoria. Por problemas internos, numerosas familias de Italia decidieron emigrar y entre ellos se encontraban las de mis progenitores. Eran hombres laboriosos, que trabajaban la tierra en la provincia italiana PIAMONTéS. De allí era mi abuelo Lorenzo Pourcel, mi abuela y sus tres hijos, dos varones y una mujer. El barco en el cual llegaron de tan larga travesía atracó en Santa Fe. Allí, el Departamento de Inmigración dio a conocer a las familias italianas la resolución tomada: debían arrendar tierras del Territorio del Chaco, ya que era una zona de gran futuro para la agricultura. Estas noticias no eran las mismas que ellos recibieron en los folletos enviados a Italia, pero no obstante a estos cambios, estaban ansiosos de llegar al lugar destinado para vivir. Hasta ese momento todo lo que aparecía ante sus ojos era nuevo, muy distinto a lo que estaban acostumbrados a ver en su suelo natal. Primero el mar, pues nunca antes había salido de su provincia, luego Buenos Aires, los edificios, muy distintos a las casonas de dos pisos de Piamontés, después el río Paraná, la vegetación que lo bordeara y más tarde las penurias y peligros para llegar a las tierras del Chaco. Mi abuelo paterno y su familia junto a la familia Colcera, que tenía dos hijos de igual nacionalidad, pero que más tarde concebirán dos más, argentinos, primeros frutos de esta fecunda tierra, decidieron radicarse en Colonia Benítez, a unos 10 Km de Resistencia, que no era nada más que un lugar perdido en la extensa selva de quebrachos, inundado de mosquitos y animales peligrosos, así como también acechado por el peligro de los nativos. Mi padre en ese entonces tenía seis años y como su progenitor, trabajó la
tierra, sin grandes medios en las manos pero con mucha fe en Dios y esperanza
en las cosechas. Creció con el vigor de un italiano y la pujanza de un
argentino, abriendo surcos en la tierra virgen y cosechando bajo el ardiente
sol el fruto de sus sacrificios.
Esto demuestra que nuestra raza, gringos, como nos llaman típicamente, somos hombres hechos para el trabajo, de inagotable voluntad e impulso. Amamos todo lo que la tierra nos brinda y damos gracias a Dios por nuestros actos y nuestra vida. Mi padre, Cirilo Pourcel, se casó con Adela Colcera en Colonia Benítez, donde nacieron tres de mis hermanos: Josefina, Luisa, Antonio y Juan Lorenzo. Años más tarde, debido a que el ingenio fue en quiebra y el aspecto económico fue cada vez más difícil, decidieron radicarse en El Zapallar, ahora Gral. José de San Martín, junto con las familias de mis abuelos maternos, siendo unos de los primeros pobladores de ese lugar. De mis tíos, recuerdo a Guido Colcera, joven que había ingresado al ejército y combatido contra los indios en la zona donde actualmente es Presidencia Roca; y a Marcelo Colcera, joven con gran inclinación al dibujo y a la pintura, condiciones que también tenía mi abuelo. Mi padre se radicó a 7km al sur de la colonia El Zapallar, allí construyó una
casa que en un principio fue un rancho, y más tarde a fuerza de sus
sacrificios la construyeron de material. Recordarla me llena de nostalgia, no
solo porque yo viví en ella sino porque mis hijos pasaron horas de reunión
familiar en ese lugar tan significativo para mí.
Es una enorme casa, distinta a las de la zona, no sólo por su estructura sino por su estilo, ya que en aquellos años eran típicos los ranchos de techos de paja. Pero mis padres añoraban lo que habían poseído en la niñez en Italia. Por eso construyo una casona al estilo piamontés, es decir de dos plantas, con ventanas y puertas alargadas. El techo era de chapa de cinc, las paredes de ladrillos y los pisos del mismo material. Cerca de ella mi padre levantó una pequeña capilla, porque mi mamá era muy devota de la Virgen de Itatí donde los vecinos venían a rezar. La rodeaban altos eucaliptos y frutales, los que recuerdo con alegría, ya que bajo sus sombras jugábamos durante la siesta, con mis hermanas y en tiempos de frutas nos deleitábamos con las naranjas y los quinotos. En el fondo teníamos un pequeño galpón donde estaba el trapiche, que mi abuelo lo había adquirido en Santa Fe, con el cual se fabricaba miel de caña que vendíamos a los vecinos y llevábamos a Resistencia. Cabe mencionar que no sólo se dedicaba a la agricultura y a la ganadería sino que también era transportista. Los viajes los realizaba con tres carretas tiradas con tres yuntas de bueyes. Cada una tenía un toldo de chapa de cinc, base de madera, en cada extremo caía una carpa para proteger las mercaderías. El viaje duraba veinticinco días, ya que en esa época no había caminos sino huellas para llegar a Resistencia. Generalmente, uno de mis hermanos lo acompañaba, pero al crecer, también pude participar en esos viajes. Eran travesías difíciles y penosas, ya que debíamos cruzar montes interminables, dormir en el lugar donde la noche nos tomaba y desafiando al peligro, no sólo de los animales, sino también de algún cuatrero o aborigen que apareciera como un fantasma de la inmensidad del monte y de la noche. Cuando la lluvia nos tomaba por el camino hacia demorar la llegada al hogar. Cuando esto sucedía, el pan estaba cubierto de pelusas verdes y algunas mercaderías pasadas. Recuerdo que siendo aún niño, muy chiquito, tal vez tenía cuatro años, mi papá nos llevó a mi madre, a mi hermana Cecilia que era bebe y a mí a la ciudad de Resistencia. El viaje lo realizamos en sulky, medio de locomoción que empleaban los colonos. Me acuerdo esto porque me sucedió algo insólito: donde actualmente es la calle Antártida Argentina, antes cruzaba la vía del tren. En dicho lugar nos hallábamos, cuando de pronto apareció ante mis ojos una cosa enorme, que hacia ruido y despedía humo, un bicho que nunca antes había visto. Tal fue el susto que me causó que lo primero que atiné hacer fue salir corriendo y despavorido me acurruque bajo una mesa del bar de la estación. Como dije antes, mi padre fue un hombre que vivió para el trabajo, no sólo cultivó la tierra, y se dedicó al transporte, sino también tenía hacienda, la cual estaba en una parcela de la selva del río de Oro, donde llegábamos a través de una picadita. Cómo esos campos pertenecían a otros hacendados, mi padre debía sacarlos de allí. Fue entonces cuando un señor de apellido Alfonso aseguró a mi progenitor que de este lado del río Bermejo había campos de muy buena pastura y donde no existía ningún tipo de problemas para arrendar una parcela, ya que no estaba colonizado y eran pocos los hacendados que la habitaban. Movido por estos fundamentos y más aun porque este señor cuidaría de la hacienda, mi padre solicita al juez de El Zapallar autorización para cruzar los animales a este lado del río, quien le entrega la guía para tal fin y que pueden ustedes apreciar. Guía de traslado de hacienda 1932 En el verano de 1.934, en el mes de febrero cuando los días son de sofocante calor y el viento norte se debate con el polvo de los campos, llegamos con mi padre a este pedazo de suelo de que aun era territorio nacional. El motivo de nuestra visita era ver como se encontraba el ganado que el señor Alfonso tenía a su cargo, ya que arrendaba un campo para tal fin. El paisaje que tenía antes mis ojos eran intensos pastizales y tuscales salpicados de montes. Cada arrendatario ocupaba el lugar sin alambrarlos porque no eran muy numerosos. Hasta ese momento no se había cruzado por mi mente que aquí sería donde echaría mis raíces y el eslabón de radical importancia de mi vida. En dicha oportunidad conocí varias personas en los puestos que se hallaban río abajo: Juan José Escalante, Nicolás Barrios, Guillermo Escalante, José Calvo, Saturnino Gómez. En el recorrido que hice río arriba, conocí a José Caja, Francisco García. Estos hombres, llegaron mucho antes, quizás por el año 1925. En lo que actualmente es Villa Dos Trece habían sólo dos ranchos, uno del
Destacamento de Policía y el otro una pequeña escuela de campaña. Me contaron
que en ese lugar, en el año 1932 habían llegado Anastasio Pucheta, Talentino
Capará, Juan Alberto Acuña, Felipe Pérez, Eusebio Ayala y Ambrosio
Lagraña. |
|||
|
Cada hoja de mis "Memorias" refleja mi vida y el origen de "El Colorado", cuna de mis sueños, de mis éxitos y de mis fracasos; porque como hombre, como ciudadano y como padre siempre traté de ser lo más justo y lo más correcto. Actitudes que no sólo forjaron mi personalidad, sino que constantemente guiaron mi conciencia cada vez que tuve que emprender una acción o tomar una decisión. Sólo deseo que al recorrer cada página, la imaginación recree cada rincón de este entrañable lugar que nos pertenece a cada uno de los habitantes y que es digno de hacerlo progresar día a día con esfuerzo, optimismo y dedicación. Cirilo Luis Pourcel |
||||
|
Actualización Diseño Hosting Promocion Web |
||||
|
|
Subir ^ | Siguiente > | ||